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El hacer y cumplir nuestros convenios,
y el
regocijarnos en ellos, será la
evidencia de que la expiación de
Jesucristo realmente está
escrita en nuestro corazón.
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Por Linda K. Burton Presidenta
General de la Sociedad de Socorro
Queridas hermanas, ustedes
han estado en mi mente y en mi corazón por meses al reflexionar en esta
imponente responsabilidad. Aunque no me siento a la altura de la
responsabilidad que se me ha dado, sé que el llamamiento vino del Señor a
través de Su profeta escogido, y por ahora, eso es suficiente. En las
Escrituras dice: “…sea por [la] voz [del
Señor] o por la voz de [Sus] siervos, es lo mismo”1.
Uno de los preciosos dones
relacionados con este llamamiento es la certeza de que nuestro Padre Celestial
ama a todas Sus hijas. ¡Yo he sentido Su amor por cada una de nosotras!
Al igual que ustedes, ¡me
encantan las Escrituras! En Jeremías hay un pasaje que me gusta mucho. Jeremías
vivió en una época y en un lugar difíciles, pero el Señor le permitió “[prever]
una era de esperanza durante el recogimiento de Israel en los últimos días”2;
nuestros días. Jeremías profetizó:
“…después de
aquellos días, dice Jehová: Pondré mi ley en su mente y la escribiré en sus
corazones; y yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo…
“…todos me
conocerán, desde el más pequeño de ellos hasta el más grande, dice Jehová;
porque perdonaré la iniquidad de ellos y no me acordaré más de su pecado”3.
Nosotros somos el pueblo que
Jeremías vio. ¿Hemos invitado al Señor a escribir la ley, o la doctrina, en
nuestro corazón? ¿Creemos que el perdón que está disponible a través de la
Expiación a la que se refiere Jeremías se aplica a nosotros personalmente?
Hace unos años, el élder
Jeffrey R. Holland expresó sus sentimientos sobre la profunda fe de los
pioneros que siguieron adelante hacia el Valle de Salt Lake aún tras la muerte
de sus hijos. Él dijo: “…no lo hicieron por un programa o una actividad social;
lo hicieron porque tenían la fe en el evangelio de Jesucristo arraigada en su
alma, estaba en la médula de sus huesos”.
Expresó con tierna emoción:
“Ésa era la única forma en
que esas madres podían enterrar a [sus bebés] en una caja de pan y seguir
adelante diciendo: ‘La tierra prometida está más adelante. Lograremos llegar al
valle’.
Podían decirlo debido a los
convenios, la doctrina, la fe, la revelación y el Espíritu”.
Concluyó con estas palabras
que invitan a la reflexión: “Si conservamos esto en nuestra familia y en la
Iglesia, tal vez muchas otras cosas comenzarán a resolverse por sí mismas; y
muchas otras menos necesarias perderán su importancia. Me han contado que los
carros de mano tenían una capacidad limitada. Al igual que nuestros antepasados
tuvieron que escoger lo que llevarían, tal vez el siglo veintiuno nos obligue a
decidir: ‘¿Qué ponemos en el carro de mano?’. Es la esencia de nuestra alma; lo
que se encuentra en la médula de nuestros huesos”4. O en otras palabras, es lo
que está escrito en nuestro corazón.
Como nueva presidencia de la
Sociedad de Socorro, hemos buscado con sinceridad al Señor para saber qué cosas
esenciales desea que pongamos en nuestra carreta de la Sociedad de Socorro para
seguir avanzando Su obra. Hemos sentido que primero el Padre Celestial desea
que ayudemos a Sus amadas hijas a entender la doctrina de la expiación de
Jesucristo. Al hacerlo, sabemos que aumentará nuestra fe y nuestro deseo de
vivir en rectitud. Segundo, al considerar la necesidad vital de fortalecer a
las familias y los hogares, hemos sentido que el Señor desea que animemos a Sus
amadas hijas a que se adhieran a sus convenios. Cuando los convenios se
guardan, las familias se fortalecen. Finalmente, sentimos que Él desea que
trabajemos en unidad con las otras organizaciones auxiliares y con los líderes
del sacerdocio, esforzándonos por buscar y ayudar a los necesitados a progresar
en el sendero. Es nuestra oración ferviente que cada una abramos nuestro
corazón y permitamos que el Señor grabe en él las doctrinas de la Expiación,
los convenios y la unidad.
¿Cómo podemos
esperar fortalecer a las familias o ayudar a los demás a menos que tengamos
escrito en nuestro propio corazón una fe profunda y perdurable en Jesucristo y
en Su expiación infinita? Esta noche quiero compartir tres principios de la Expiación
que, si quedan escritos en nuestro corazón, fortalecerán nuestra fe en
Jesucristo. Espero que el comprender estos principios nos bendiga a cada una,
ya sea que seamos nuevas en la Iglesia o miembros de toda la vida.
Principio 1: “Todo lo que es injusto en la vida se puede
remediar por medio de la expiación de Jesucristo”5.
Junto con ustedes, damos
testimonio de la expiación de nuestro Salvador Jesucristo. Nuestro testimonio,
como el de ustedes, quedó escrito en nuestro corazón al enfrentar diversos
desafíos y adversidades que ensanchan el alma. Sin la comprensión del plan
perfecto de felicidad del Padre Celestial y de la expiación del Salvador como
parte central de ese plan, esos desafíos podrían parecer injustos. Todos
tenemos pruebas en la vida; pero en el corazón fiel está escrito: “Todo lo que
es injusto en la vida se puede remediar por medio de la expiación de Jesucristo”.
¿Por qué permite el Señor que
tengamos sufrimiento y adversidad en esta vida? En palabras simples, ¡es parte
del plan para nuestro crecimiento y progreso! Cuando nos enteramos de la
oportunidad de venir a la tierra como mortales, nos “regocijamos”6. El élder
Dallin H. Oaks enseñó: “Con frecuencia, nuestras conversiones necesarias se
logran con más rapidez mediante el sufrimiento y la adversidad que mediante la
comodidad y la tranquilidad”7.
El ejemplo de una fiel
hermana pionera ilustra esa verdad. Mary Lois Walker se casó a los 17 años con
John T. Morris en St. Louis, Misuri. Cruzaron las llanuras con los santos en
1853 y entraron al Valle del Lago Salado poco después de su primer aniversario.
En el viaje, sufrieron las mismas privaciones que padecieron otros santos; pero
su sufrimiento y adversidad no terminó al llegar al Valle del Lago Salado. Al
año siguiente, Mary, que ya tenía 19 años, escribió: “Tuvimos un hijo… Una
anoche cuando tenía dos o tres meses de edad… algo me susurró: ‘Vas a perder a ese
pequeño’”.
Durante el invierno se
deterioró la salud del bebé. “Hicimos todo lo posible… pero el bebé empeoraba
gradualmente… El 2 de febrero murió… así que bebí de la amarga copa de
separarme de mi propia carne”. Pero sus pruebas aún no habían terminado. El
esposo de Mary también cayó enfermo y, tres semanas después de perder al bebé,
él murió.
Mary escribió: “Así fue como,
aún adolescente, quedé privada en el corto plazo de 20 días de mi esposo y mi
único hijo, en una tierra extraña, a cientos de kilómetros de mi familia y
enfrentando una montaña de dificultades… y yo también deseé morir y reunirme
con mis seres queridos”.
Mary continúa: “Un domingo
por la tarde caminaba con mi amiga… Recordé la ausencia de [mi esposo] y mi
intensa soledad, y al llorar amargamente pude ver, como en una visión mental,
el empinado cerro de la vida que tendría que escalar y sentí la realidad de
todo ello con gran fuerza. Me embargó una profunda depresión, porque el enemigo
sabe cuándo atacarnos, pero nuestro [Salvador Jesucristo] es poderoso para
salvar. Mediante… la ayuda del Padre, pude luchar contra todas las fuerzas que
parecían combinarse contra mí en esos momentos”8.
Mary aprendió a la tierna
edad de 19 años que la Expiación nos asegura que todo lo que es injusto en esta
vida puede remediarse y se remediará, incluso las penas más profundas.
Principio 2: La Expiación tiene un poder que nos habilita
para vencer al hombre o a la mujer natural y llegar a ser verdaderos discípulos
de Jesucristo9.
Hay una forma de saber si
hemos aprendido una doctrina o un principio del Evangelio; es cuando podemos
enseñar la doctrina o el principio de manera que un niño lo pueda entender. Un
recurso valioso para enseñar la Expiación a los niños es la analogía que se
encuentra en una lección de la Primaria. Tal vez nos ayude al enseñar a
nuestros hijos o nietos, o a los amigos de otras religiones que deseen entender
esta doctrina básica.
“Al andar por cierto camino,
[una mujer] se cayó en un pozo tan profundo que no podía salir de allí. A pesar
de todos sus esfuerzos, no conseguía hacerlo. Empezó a suplicar que alguien
[la] ayudara y se regocijó cuando, al oírle, un bondadoso viajero le alcanzó
una escalera por la cual pudo salir del pozo y recobrar su libertad.
“Somos como [la mujer] que cayó
en el pozo. El pecar es como caer en un pozo sin poder salir por nuestros
propios medios. Tal como el bondadoso viajero escuchó el clamor de [aquella
mujer], el Padre Celestial envió a Su Hijo Unigénito para proporcionar el medio
de escapar. La expiación de Jesucristo podría compararse a colocar la escalera
en el pozo; nos provee la manera de salir”10. Pero el Salvador hace más que
colocar la escalera, Él “baja al abismo y hace posible que usemos la escalera
para… escapar”11. “Así como [aquella mujer] tuvo que trepar la escalera,
nosotros debemos arrepentirnos de nuestros pecados y obedecer los principios y
ordenanzas del Evangelio para salir del pozo y hacer que la Expiación surta
efecto en nuestra vida. Por tanto, después de hacer todo lo que podemos, la
Expiación hace posible que seamos dignos de regresar a la presencia del Padre
Celestial”12.
Hace poco tuve el privilegio
de conocer a una pionera de nuestros días, una amada hija de Dios y reciente
conversa a la Iglesia en Chile. Es una madre sola y tiene dos hijos pequeños.
Por el poder de la Expiación, ha logrado dejar atrás su pasado y ahora se
esfuerza sinceramente por ser una verdadera discípula de Jesucristo. Al pensar
en ella, acude a mi mente un principio que enseñó el élder David A. Bednar: “Una
cosa es saber que Jesucristo vino a la tierra para morir por nosotros, lo cual
es básico y fundamental respecto a la doctrina de Cristo; pero también es
necesario que reconozcamos que el Señor desea, mediante Su expiación y por
medio del poder del Espíritu Santo, vivir en nosotros, no sólo para guiarnos,
sino también para darnos poder”13.
Al conversar con esta hermana
chilena sobre la forma de seguir en el sendero que lleva a la vida eterna, ella
me aseguró con entusiasmo que estaba decidida a hacerlo. Había estado fuera del
sendero la mayor parte de su vida y declaró que “allá”, fuera del sendero, no
había nada que quisiera tener en su vida otra vez. El poder habilitador de la
Expiación vive dentro de ella; se está escribiendo en su corazón.
Ese poder no sólo nos
habilita para salir del pozo, sino que además nos da el poder para continuar en
el sendero estrecho y angosto que lleva a la presencia de nuestro Padre
Celestial.
Principio 3: La Expiación es la evidencia más grande que
tenemos del amor del Padre por Sus hijos.
Haríamos bien en meditar
sobre este pensamiento conmovedor del élder Oaks: “Piensen cuán doloroso debió
haber sido para nuestro Padre Celestial enviar a Su Hijo a soportar el
incomprensible sufrimiento por nuestros pecados. ¡Ésta es la evidencia más
extraordinaria de Su amor por cada uno de nosotros!”14.
Ese acto supremo de amor
debería llevar a cada uno de nosotros a arrodillarnos en humilde oración para
agradecer a nuestro Padre Celestial el amarnos lo suficiente como para mandar a
Su Hijo Unigénito y perfecto a sufrir por nuestros pecados, nuestras penas y
todo lo que parece ser injusto en nuestras vidas.
¿Recuerdan a la mujer de la
que habló hace poco el presidente Dieter F. Uchtdorf? Él dijo: “Una mujer que
había pasado años de pruebas y dolor dijo a través de las lágrimas: ‘He llegado
a comprender que soy como un billete viejo de 20 dólares: arrugada, hecha
trizas, sucia, maltratada y marcada; pero sigo siendo un billete de 20 dólares.
Algo valgo; aunque parezca que no valgo nada, y aunque me hayan golpeado y
maltratado, todavía valgo los 20 dólares completos’”15.
Esa mujer sabe que es una
amada hija del Padre Celestial y que Él la valora lo suficiente para enviar a
Su Hijo para expiar por ella, en forma individual. Toda hermana en la Iglesia
debe saber lo que sabe esta mujer: que es una amada hija de Dios. ¿Cómo cambia
la manera en que guardamos nuestros convenios el saber cuánto valemos para Él?
¿Qué efecto tiene el saber cuánto nos valora en nuestro deseo de ministrar a
los demás? ¿En qué forma el hecho de saber lo que valemos para Él aumenta
nuestro deseo de ayudar a quienes necesitan entender la Expiación como la
entendemos nosotras, es decir, en profundidad? Cuando cada una de nosotras
tenga la doctrina de la Expiación escrita en lo más profundo del corazón,
empezaremos a ser la clase de personas que el Señor desea que seamos cuando Él
regrese. Él nos reconocerá como Sus verdaderas discípulas.
Ruego que la expiación de
Jesucristo produzca un “gran cambio” en nuestro corazón16. Conforme abramos los
ojos a esta doctrina que un ángel de Dios declaró que son “alegres nuevas de
gran gozo”17, les aseguro que sentiremos lo que sintió el pueblo del rey
Benjamín. Después de orar intensamente para que se aplicara la Expiación en su
vida, “fueron llenos de gozo”18 y estuvieron “dispuestos a concertar un
convenio con… Dios de hacer su voluntad y ser obedientes a sus mandamientos en
todas las cosas”19. El hacer y cumplir nuestros convenios, y el regocijarnos en
ellos, será la evidencia de que la expiación de Jesucristo realmente está
escrita en nuestro corazón. Hermanas, por favor recuerden estos tres
principios:
1.“Todo lo que
es injusto en la vida se puede remediar por medio de la expiación de
Jesucristo”20.
2. La
Expiación tiene un poder que nos habilita para vencer al hombre o a la mujer
natural y llegar a ser verdaderos discípulos de Jesucristo21.
3. La
Expiación es la evidencia más grande que tenemos del amor del Padre por Sus
hijos22.
“…después de
aquellos días, dice Jehová: Pondré mi ley en su mente y la escribiré en sus
corazones; y yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo”23. Invito a que pidamos al
Señor que escriba esos principios de la Expiación en nuestro corazón; testifico
que son verdaderos. En el nombre de Jesucristo. Amén.
Referencias
1.
D. y C. 1:38.
2. Véase El Antiguo Testamento, Doctrina
del Evangelio: Manual para el maestro, pág. 222.
3.
Jeremías 31:33–34; cursiva añadida.
4. Véase Jeffrey R. Holland, Análisis de
mesa redonda, Reunión mundial de capacitación de líderes, 9 de febrero de 2008,
págs. 27–28.
5.
Predicad Mi Evangelio: Una guía para el servicio misional, pág. 52.
6.
Job 38:7.
7. Véase Dallin H. Oaks, “El desafío de lo
que debemos llegar a ser”, Liahona, enero de 2001, pág. 42.
8.
Autobiografía de Mary Lois Walker Morris (copia en posesión de Linda Kjar
Burton).
9. Véase David A. Bednar, “La Expiación y
la travesía de la vida mortal”, Liahona, abril de 2012, págs. 12–19.
10.
Primaria 7: Nuevo Testamento, 1997, lección 30.
11. Véase Joseph Fielding Smith, Doctrina de
Salvación, comp. por Bruce R. McConkie, tomo I, pág. 118.
12. Primaria 7, lección 30.
13. David A. Bednar, Liahona, abril de
2012, pág. 14.
14. Dallin H. Oaks, “El amor y la ley”, Liahona,
noviembre de 2009, pág. 26.
15. Véase Dieter F. Uchtdorf, “‘Ustedes son
mis manos’”, Liahona, mayo de 2010, pág. 69.
16. Véase Alma 5:12–14.
17.
Mosíah 3:3.
18. Véase Mosíah 4:1–3.
19. Véase Mosíah 5:2–5.
20.
Predicad Mi Evangelio, pág. 52.
21.
Véase David A. Bednar, Liahona, abril de 2012, págs. 12–19.
22. Véase Dallin H. Oaks, Liahona,
noviembre de 2009, pág. 26.
23.
Jeremías 31:33; cursiva agregada.