![]() |
No existe pecado ni transgresión, ni dolor, ni pena, que esté fuera del alcance del poder sanador de Su expiación. |
El milagro de la Expiación
Mientras preparaba
mi discurso para esta conferencia, recibí una consternadora llamada
telefónica de mi padre; dijo que mi hermano menor había fallecido esa
mañana, mientras dormía. Quedé con el corazón destrozado. Sólo tenía 51
años. Al pensar en él, tuve la impresión de compartir con ustedes
algunos acontecimientos de su vida; hago esto con permiso.
Cuando era joven,
mi hermano era guapo, amigable y extrovertido; se dedicaba totalmente al Evangelio. Después de haber servido una misión honorable, se casó en el
templo con su novia. Se les bendijo con un hijo y una hija. El futuro
de él era prometedor.
Pero luego claudicó
ante una debilidad: optó por vivir un estilo de vida hedonístico, lo
cual le costó la salud, su matrimonio y su condición de miembro de la
Iglesia.
Se mudó lejos de
casa. Continuó con su conducta autodestructiva por mucho más de una
década; pero el Salvador no lo había olvidado ni abandonado. Con el
tiempo, el dolor de su desesperación permitió que un espíritu de
humildad permeara en su alma. Sus sentimientos de ira, rebeldía y
agresividad comenzaron a disiparse. Al igual que el hijo pródigo,
“volvió en sí”1. Empezó a acudir al Salvador y a recorrer la senda de regreso a casa, y a sus fieles padres, que nunca se dieron por vencidos.
Anduvo el sendero
del arrepentimiento. No fue fácil; después de haber estado fuera de la
Iglesia durante doce años, se bautizó nuevamente y recibió otra vez el
don del Espíritu Santo. Con el tiempo, se le restauraron sus bendiciones
del sacerdocio y del templo.
Tuvo la bendición
de hallar una mujer que estaba dispuesta a pasar por alto los problemas
de salud constantes de su anterior estilo de vida, y se sellaron en el
templo. Juntos, tuvieron dos hijos y él prestó servicio de manera fiel
en un obispado durante varios años.
Mi hermano
falleció en la mañana del lunes 7 de marzo. La tarde del viernes
anterior él y su esposa asistieron al templo. El domingo por la mañana,
el día antes de morir, enseñó la clase del sacerdocio en su grupo de
sumos sacerdotes. Se fue a dormir aquella noche para jamás volver a
despertarse en esta vida; sino para levantarse en la resurrección de los
justos.
Estoy agradecido
por el milagro de la Expiación en la vida de mi hermano. La expiación
del Salvador está a disposición de cada uno de nosotros, siempre.
Accedemos a la
Expiación mediante el arrepentimiento. Cuando nos arrepentimos, el Señor
permite que dejemos atrás los errores del pasado.
“He aquí, quien se ha arrepentido de sus pecados es perdonado; y yo, el Señor, no los recuerdo más.
“Por esto sabréis si un hombre se arrepiente de sus pecados: He aquí, los confesará y los abandonará”2.
Cada uno de
nosotros conoce a alguna persona que haya afrontado serios retos en su
vida; alguien que haya andado errante o haya titubeado. Dicha persona
podría ser un amigo o familiar, un padre o un hijo, o un esposo o
esposa. Dicha persona podría ser incluso usted mismo.
Les hablo a todos, incluso a usted; hablo del milagro de la Expiación.
El Mesías vino para redimir a los hombres de la caída de Adán3. En el Evangelio, todo señala el sacrificio expiatorio del Mesías, el Hijo de Dios4.
El plan de
salvación no podría llevarse a efecto sin una expiación. “Por tanto,
Dios mismo expía los pecados del mundo, para realizar el plan de la misericordia, para apaciguar las demandas de la justicia, para que Dios
sea un Dios perfecto, justo y misericordioso también”5.
El sacrificio
expiatorio debía llevarse a cabo por el Hijo de Dios que no tenía
pecado, puesto que el hombre caído no podía expiar sus propios pecados6. La Expiación debía ser infinita y eterna para cubrir a todos los hombres a través de toda la eternidad7.
Por medio de Su sufrimiento y muerte, el Salvador expió los pecados de todos los hombres8. Su expiación comenzó en Getsemaní, continuó en la cruz y culminó con la Resurrección.
“Sí,… será
llevado, crucificado y muerto, la carne quedando sujeta hasta la muerte,
la voluntad del Hijo siendo absorbida en la voluntad del Padre”9. Mediante Su sacrificio expiatorio, Él hizo “de su alma ofrenda por el pecado”10.
Puesto que es el
Hijo Unigénito de Dios, heredó poder sobre la muerte física. Ello le
permitió conservar la vida mientras sufría “aún más de lo que el hombre
puede sufrir sin morir; pues he aquí, la sangre le brotó de cada poro,
tan grande [fue] su angustia por la iniquidad y abominaciones de su
pueblo”11.
No sólo pagó el
precio por los pecados de todos los hombres, sino que también tomó
“sobre sí los dolores y las enfermedades de su pueblo”. Y tomó sobre sí
“sus enfermedades… para que sus entrañas sean llenas de misericordia… a
fin de que según la carne sepa cómo socorrer a los de su pueblo, de
acuerdo con las enfermedades de ellos”12.
El Salvador
sintió el peso de la angustia de toda la humanidad; la angustia del
pecado y del pesar. “Ciertamente él ha llevado nuestros pesares y
sufrido nuestros dolores”13.
Mediante Su
expiación, Jesús no sólo sana al transgresor, sino que también sana al
inocente que sufre debido a tales transgresiones. Conforme el inocente
ejerza la fe en el Salvador y en Su expiación, y perdone al transgresor,
también puede ser sanado.
Hay momentos en
que cada uno de nosotros “[necesita] sentir alivio de los sentimientos
de culpa que tiene por los errores y los pecados”14. Al arrepentirnos, el Salvador quita la culpa de nuestras almas.
Por medio de Su
sacrificio expiatorio se remiten nuestros pecados. Con excepción de los
hijos de perdición, la Expiación está a disposición de todos, en todo
momento, sin importar cuán grande o pequeño sea el pecado, “mediante las
condiciones del arrepentimiento”15.
Debido a Su amor
infinito, Jesucristo nos invita a arrepentirnos de modo que no tengamos
que sufrir todo el peso de nuestros propios pecados:
“Arrepiéntete,
arrepiéntete, no sea que… sean tus padecimientos dolorosos; cuán
dolorosos no lo sabes; cuán intensos no lo sabes; sí, cuán difíciles de
aguantar no lo sabes.
“Porque he aquí, yo, Dios, he padecido estas cosas por todos, para que no padezcan, si se arrepienten;
“mas si no se arrepienten, tendrán que padecer así como yo;
“padecimiento que
hizo que yo, Dios, el mayor de todos, temblara a causa del dolor y
sangrara por cada poro y padeciera, tanto en el cuerpo como en el
espíritu”16.
El Salvador
ofrece sanar a quienes sufren por el pecado. “¿No os volveréis a mí
ahora, y os arrepentiréis de vuestros pecados, y os convertiréis para
que yo os sane?”17.
Jesucristo es el
Gran Sanador de nuestras almas. Con excepción de los pecados de
perdición, no existe pecado ni transgresión, ni dolor ni pena, que esté
fuera del alcance del poder sanador de Su expiación.
Cuando pecamos,
Satanás nos dice que estamos perdidos. En cambio, nuestro Redentor
ofrece la redención a todos, sin importar lo que hayamos hecho mal,
incluso a ustedes y a mí.
Al considerar su propia vida, ¿existen cosas que deban cambiar? ¿Han cometido errores que aún deban corregirse?
Si sufren
sentimientos de culpa o remordimiento, de amargura o enojo, o de pérdida
de fe, los invito a procurar alivio. Arrepiéntanse y abandonen sus
pecados. Luego, en oración, pídanle perdón a Dios. Busquen el perdón de
quienes ustedes hayan agraviado. Perdonen a quienes los hayan agraviado a
ustedes. Perdónense a ustedes mismos.
Acudan al obispo
si fuera necesario; él es el mensajero de misericordia del Señor; él les
ayudará mientras se esfuercen para llegar a ser limpios mediante el
arrepentimiento.
Sumérjanse en la
oración y el estudio de las Escrituras. Al hacerlo, sentirán la
influencia santificadora del Espíritu. El Salvador dijo: “santifi[caos];
sí, purificad vuestro corazón y limpiad vuestras manos… ante mí, para
que yo os haga limpios”18.
Al ser limpiados mediante el poder de Su expiación, El Salvador llega a ser nuestro intercesor con el Padre, que ruega:
“Padre, ve los
padecimientos y la muerte de aquel que no pecó, en quien te complaciste;
ve la sangre de tu Hijo que fue derramada, la sangre de aquel que diste
para que tú mismo fueses glorificado;
“por tanto, Padre, perdona a estos mis hermanos que creen en mi nombre, para que vengan a mí y tengan vida eterna”19.
A cada uno de
nosotros se nos ha dado el don del albedrío moral. “Los hombres son
libres… para escoger la libertad y la vida eterna, por medio del gran
Mediador de todos los hombres, o escoger la cautividad y la muerte,
según… el poder del diablo”20.
Hace años, mi
hermano ejerció su albedrío cuando escogió un estilo de vida que le
costó su salud, su familia y su condición de miembro de la Iglesia. Años
más tarde, ejerció ese mismo albedrío al decidir arrepentirse, poner su
vida de conformidad con las enseñanzas del Salvador y literalmente
nacer otra vez mediante el poder de la Expiación.
Testifico del
milagro de la Expiación. He visto su poder sanador en la vida de mi
hermano y lo he sentido en mi propia vida. El poder sanador y redentor
de la Expiación está a disposición de cada uno de nosotros, siempre.
Testifico que
Jesús es el Cristo, el Sanador de nuestras almas. Ruego que todos
nosotros elijamos aceptar la invitación del Salvador: “¿No os volveréis a
mí ahora, y os arrepentiréis de vuestros pecados, y os convertiréis
para que yo os sane?”21. En el nombre de Jesucristo. Amén.
Notas
Notas
- Lucas 15:17.
- Doctrina y Convenios 58:42–43.
- Véase2 Nefi 2:25–26.
- Véase Alma 34:14.
- Alma 42:15.
- Véase Alma 34:11.
- Véase Alma 34:10.
- Véase Alma 22:14.
- Mosíah 15:7.
- Mosíah 14:10.
- Mosíah 3:7.
- Alma 7:11–12.
- Mosíah 14:4.
- Predicad Mi Evangelio: Una guía para el servicio misional, 2004, pág. 63.
- Doctrina y Convenios 18:12.
- Doctrina y Convenios 19:15–18.
- 3 Nefi 9:13.
- Doctrina y Convenios 88:74.
- Doctrina y Convenios 45:4–5.
- 2 Nefi 2:27.
- 3 Nefi 9:13.